Los países
han comenzado a integrase en bloques económicos que les
otorgan una nueva identidad. Tal el caso de la poderosa Unión
Europea, el Asean y Foro Asia Pacífico, el Nafta de Canadá,
EE.UU. y México, la CAN Comunidad Andina de Naciones,
y nuestro MERCOSUR entre otros.
Estos
son procesos de integración económica formales
y legales donde los países miembros tienden no solo a
armonizar sus políticas comunes sino a favorecer el comercio
intra-regional.
Pero existen
formas de integración, informal e ilegal, perniciosa
y que atentan contra el libre comercio, ya no a nivel de gobiernos
sino de poderosos grupos de interés, tales como el trafico
fronterizo y el liso y llano contrabando.
Esta práctica
comercial que no es exclusiva de Latinoamérica, se la
puede observar en todo país del mundo que imponga barreras
al comercio.
De hecho
que, tal como otras situaciones anómalas no podrían
existir sin la anuencia, silencio y hasta en ocasiones participación
subterránea de los gobiernos o gobernantes de turno que,
generalmente heredan tanto la situación como el negocio.
Por lo
general el contrabando, mas allá de su figura aduanera
es un tema del que no solo no se habla y se trata de tapar con
un manto de ingenuidad, suponiendo que no nos afectará,
sino que a veces hasta nos hacemos cómplices al aprovechar
una supuesta oferta conveniente.
Cuando
se analiza la situación macro económica buscando
nuestros males, así como cuando pensamos en expandir
nuestro comercio de exportación no consideramos este
oculto competidor que nos barre del mercado al jugar con diferentes
reglas de juego que no queremos o podemos utilizar.
Por más
que intentemos ignorarlo, el contrabando en toda América
Latina es una realidad.
Si así
no fuera, y si no se contase con la anuencia y complicidad de
los gobiernos, Paraguay y Bolivia, solo por dar un ejemplo,
no estarían justamente ahora condonando multas y aceptarían
registrar como de importación legal la tenencia de los
llamados autos “chutos” por la cual un automóvil
sustraído y contrabandeado puede ser reconocido como
legal, y así con muchos otros bienes, sin imputabilidad
para el tenedor de los mismos.
Esto no
solo ocurre con bienes tan manifiestos como los automóviles,
sino que la cadena ilegal del contrabando alcanza a prácticamente
todos los bienes de consumo, inmediato o duradero y en toda
América.
Así
textiles, electrónicos, bebidas, relojes y cuanto artículo
pueda uno imaginarse son comercializados ilegalmente en diferentes
plazas de nuestra América.
Ante este
cuadro, se nos presentan varias cuestiones. La primera de ellas
es la real aplicabilidad en el campo de los negocios, de los
acuerdos que con toda pompa los gobernantes firman comprometiéndose
a concederse ventajas arancelarias y a propender a la integración.
La segunda
es respecto a que sentido tienen las políticas de exterior
así como planes de exportación “legal”
de nuestros empresarios con destino a esas zonas, que se verán
ridiculizados o forzados a cotizar “en frontera”.
Para que
el contrabando sea posible se necesita la participación
o pasividad de al menos dos gobiernos, el de salida o tránsito
de las mercaderías y el de recepción.
Hasta
que este mal no pueda ser erradicado, con la vocación
y voluntad de todos los gobiernos será inútil
hablar de políticas de exportación, beneficios
y divisas, así como la firma de acuerdos bilaterales
de dudosa posterior aplicación.
Dicho
de otra manera, nuestras posibilidades de exportación
a muchos países de la zona no dependen en muchos casos
de una eventual diferencia cambiaria, o de una posición
más o menos competitiva del parque empresarial sino de
comprender el accionar de estos impunes grupos de poder.
©
Copyright 2003, by Carlos A. Ledesma
NOTA:
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